Ahmed, el Señor del Desierto

La persona más entrañable del viaje a Marruecos, sin duda. Su nombre no es Desierto, pero podría serlo. Se llama Ahmed. Está hecho de nobleza y calma. De paz y de charlas de las más interesantes que hayamos tenido jamás. Hemos aprendido. Ahora somos un poco desierto también.

Tuvimos la suerte de elegir su albergue cuando nos acercamos hasta el desierto de Merzouga. Un emplazamiento en una zona de especial interés sin más infraestructuras para visitantes que su hogar. Es nacido a la orilla de las dunas y eso se nota, de piel morena, mirada penetrante y sincera, vestido de azul cielo intenso y siempre con ganas de ayudar.

Nos abrió las puertas de su casa y de sus adentros. Nos sirvió un té a la menta. Nos invitó a tomar asiento en un espacio precioso y cómodo, de cojines en el suelo y mesas bajas. Y empezamos a conversar. Poco a poco la charla desencadenó en un relato de superación imposible de redactar aquí.

Este joven bereber trabajó años para turistas en diferentes hoteles de la zona, con condiciones pésimas, con promesas de dinero que no llegaban y dedicando todo el dinero que podía conseguir a su familia. Él nos relataba su vida y con sus palabras nos decía: al final, muchas veces, las lágrimas venían a mis ojos y me encerraba en la habitación con dolor. Las lágrimas salían de mis ojos y no podían parar de salir.  Nos dejó claro que su frustración en un mundo mísero y de poca palabra le hizo replantearse muchas cosas.Y arriesgar.

A su propio albergue, Chez Les Habitants, lo llama: el Sueño. Después de varias veces, nuestra curiosidad se lanza a preguntar y él nos cuenta una larga e interesante historia. Una vez, durmiendo, soñando, se vio regentando un albergue que le permitiría tener el suficiente dinero como para ayudar a su familia y poder ofrecerles incluso trabajo, algo muy difícil en aquella parte para la mayoría de gente. Se despertó y lo primero que hizo fue comunicarles esa visión a la familia, que lo primero que hizo fue tacharlo de loco. Pero el tiempo y las ganas, la superación y la perseverancia, al final, le dieron la razón. Fue recogiendo dinero, trabajando más horas de la cuenta, en diferentes sitios, sin apenas gastar, y mientras no paraba por un lado, por el otro iba haciendo un anexo a su casa con un par de habitaciones. Era y es su misma familia, la que preparan de comer a los huéspedes que iban y que actualmente van a su hogar. Empezó con dos habitaciones muy sencillas y tuvo que empezar desde cero en el mundo de internet. Ahora ya lo domina. Se publicitó en plataformas de viajes, en redes sociales, allá donde creía conveniente. Él seguía con su vida normal, hasta que un día, recibió el primer contacto de un viajero para quedarse en su casa. Poco después otro. Luego unos cuantos más. Y así fue cambiando su vida de siempre por su sueño. Ahora trabaja toda la familia unida. Y así fue completando el albergue hasta tener lo que tiene ahora. Es un alojamiento chiquitín y modesto, pero el asegura: No quiero más, con esto vivo yo y vive mi familia. 

Lo que más agradece es poder aprender tantas lenguas como pueda, conocer culturas sin salir de su país, pues reconoce que para ellos no es nada fácil salir de sus fronteras y poder enseñarle a los huéspedes algún que otro rincón del desierto, algunas que otras personas, alguna que otra costumbre y algún que otro atardecer, como aquel espectacular que nos enseñó a nosotros. Un cielo de aquellos rojos desangrándose en un suelo infinito de dunas y silencio.

A la pregunta: ¿Qué religión profesas? Dice claramente que practica el Islam, seguidamente dice que no hay varios dioses, que quede claro eso, que solamente hay uno que es el que engloba a toda la humanidad. Solo uno. Deja claro que si alguien dice matar en nombre de un dios, el que sea, esa persona no entra en los parámetros de ninguna religión. El Islam no sabe de odio porque es paz. Y afirmamos que sí, pues tengo cantidad de amigos musulmanes, que más que amigos, son grandes amigos, casi familia.

Ahora, sin duda, desde nuestra vuelta, tenemos un familiar más esparcido por este mundo tan diverso como brutalmente bello. El hombre azul al que le confiamos los días, hecho de transparencia y arena.

Gracias, amigo. Por hacernos partícipes de tu sueño.

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