Imagen

Vías muertas de la India

 

El tren me veía despertarme después de veinte horas de traqueteo,
regresaba de la belleza y estaba saliendo de la noche,
andaba a ritmo lento, pausado,
apartaba los escombros de un país,
aún bostezaba y liberaba mariposas.

Entonces parecía atravesar un basurero,
la palabra chabola quedaba demasiado grande,
era un poblado de niños y perros,
que descalzos y delgados
jugaban por hacer algo,
mientras recogían algo así como ilusiones,
y competían por los restos aparentemente aprovechables
que el resto del mundo no quería. Ni veía.

El tren se hacía sentir desparramando su sonido,
espantando a los niños, echándolos a un lado,
que se perdían en los caminos que se vuelven
al interior del Slum y de la guerra,
por llamarlo de algún modo,
por intentar ponerle nombre a la desolación.

El río tenía de todo menos agua,
un triste cauce me hablaba de él,
las ratas parecían animales de compañía sin collar,
mis ojos ya no tenían sueño
y empezaron a temer por su propia vida.

Delhi se intuía no tan lejos ya.
Mi cansancio ahora podía esperar,
mi ansiedad llegaba a toda prisa,
los plásticos de colores eran lo más parecido
al arco iris en aquel suburbio de miseria sin fin,
en aquel horizonte de buitres enormes
e infecciones invisibles.

Me quedé en silencio conmigo mismo.
La ventanilla me gritaba una verdad
a modo de milagro,
pues los niños allí también sonríen a la vida.
Y yo, pobre ingenuo,
no la veía por ninguna parte.
Quizá era invisible también…
Y ellos la imaginaban
con ese don tan necesario que tienen los niños.

Ya casi en la estación central,
en la que me apeaba,
una bolsa gris opaca
cubría lo que era un cuerpo humano
al que le asomaba una extremidad.

Los intocables,
son como la vida
como las infecciones,
como los milagros,
invisibles,
aunque yo los vea.

En ese momento entendí lo de los buitres,
la ansiedad se hizo dueña de mi cuerpo,
y me empeciné a apostar por los milagros
y quise ver vida en un plato sin arroz
y en unas manos frágiles sin demasiada suerte.

La belleza más pesada
y el pozo más hondo de dolor,
se cruzan tras los sucios cristales
en un mismo tren
de la India.

Ese vagón condenado.
Moviéndose
por vías muertas
para siempre
y hacia todas
partes.

Incluso por mis ojos,
que no encuentran la manera
de hacerlo descarrilar
para olvidar
aquello.

No la encuentran…

 

Raúl Parra (Versos Nómadas)

¡PINCHA AQUÍ! Y empápate de poesía

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s